Hoy tampoco

No podría darte un motivo, si es que lo hay. Hace unos días empezaron a brotar imágenes tuyas en mi cabeza y no sé si siento pena por haber perdido esa rutina de mensajes mensuales, como poco, o alegría de ese verano grabado a fuego, por lo visto, en lo más profundo de mi corazón.

Hay gente que inspira, que da ganas de escribir y eso fue lo que aprendí contigo; entre otras muchas cosas.
Esta vez no soy capaz de escribir, ni de identificar sentimientos, solo tengo ganas de escucharme pensar; de un lado a otro, sin parar, de aquí para allá, como si yo misma, en el fondo, careciera de sentido.

Quizá podría sacar algún reproche o alguna decepción del cajón de la ropa sucia; quizá hoy habría sido un buen día para tender mi malestar al sol después de un centrifugado potente. Quizá hoy, que conseguiste sacar un hueco para llamarme. Pero tampoco.

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Let It Be?

A veces pienso que escribir le quita fuerza a las cosas, a pesar de lo que pueda parecer. Es como si una parte de mí creyera que cuando le das forma a lo que vives, a lo que deseas, lo dibujas con palabras y lo defines, empieza a desvanecerse y ya nunca más se hará realidad; como ese juego de pedir deseos en el que tanta gente se pierde confiando en que alguna estrella escuche lo que tienen que decir. Supongo que es una idea tan absurda que ni siquiera puedo compararla con nada; lo más absurdo del planeta, quizás.
Pero yendo un poco más allá y sin saber muy bien si he conseguido hilar las ideas de manera lógica, me planto en el pensamiento de que simplemente necesitamos creer en algo; no todos y no siempre, pero muchos y muchas veces. Creamos y creemos teorías a nuestro antojo, a nuestra medida. Algunas alimentan miedos infundados, nos hacen débiles y terminamos siendo víctimas de nosotros mismos mientras nos secamos las lágrimas, nos miramos al espejo y nos preguntamos por qué. Otras, nos hacen creer, confiar, ser más.
Algunos dicen que nuestros pensamientos se proyectan en el universo y que acabamos viviendo lo que pensamos, de una manera u otra. Yo no sé lo que creo, no sé si lo que creía ayer es lo mismo que creeré mañana o si creo hoy lo mismo que creía hace una semana. A veces ni siquiera sé si creo. ¿Para qué? 

Empieza a darme miedo darle nombre a las cosas, imaginar de más o dejarme llevar de menos. Agota pensar que el karma existe y que por todas las cosas que no hago bien, con intención o sin ella, recibiré mi merecido. Agota, sobre todo, ver cómo gente que es consciente de su maldad sigue adelante como si esta historia no fuera con ellos. Quizás no.

Agota, cohíbe, encierra, te ata, te (mal)gasta, te llena de inseguridades y te tira por tierra todo aquello en lo que podías creer. Al final no tienes nada. Eres sólo tú. 

Por eso, quizás, la única manera de estar a salvo sea evolucionando, no pensando en exceso, dejándose llevar. Disfrutar un poco más de lo que la vida te trae. Tomar decisiones de vez en cuando, subir la cabeza, tropezarte y caerte, volver a levantarte, aprender, tropezarte y no caerte. Vivir.
Y ahora que lo he escrito, ¿qué?

Moonlight Shadow

He salido al balcón. Me he adueñado de una de esas sillas de madera y he dejado que sonara Mike Oldfield. Tan original como Moonlight Shadow o Man in The Rain. Tr3s Lunas, para terminar de bordar la lucidez del día de hoy. Bravo, María. 

No tengo la más mínima sensación de estar moviéndome desde esta silla, pero no puede ser que la luna corra tanto. Ya se ha escapado de la copa de los abetos y pronto se colará por el cristal de la buhardilla. Quizá, con un poco de suerte, con esa luz que desprende esta noche y el resplandor que deja en todo el bosque, me guíe a mí también mientras duermo y mañana me despierte liberada. O puede que no. Seguramente no.

No podría describírtelo mejor y no sé si es la imagen, la sensación de estar aquí frente a la luna, frente al paisaje realmente acogedor, la música de Mike Oldfield o saber que estás ahí, pero en este momento esa combinación que, queriendo, no me habría imaginado, me ha quitado el peso de los hombros y me ha dejado volar por un instante. Miedo a qué, me preguntas. A equivocarme, a que salga mal, a no saber seguir, a no cumplir expectativas, a no encontrar mi sitio… No sé, el miedo me pone la zancadilla cada vez que intento salir de mi zona de confort y no sé si es miedo como tal o simplemente precaución. Es difícil de diferenciar.

Pero voy a dejar de escribir y esta noche, sencillamente, voy a mirar la luna mientras pasea y voy a seguir ese “déjate llevar” que he oído antes en algún sitio.

Gracias por estar ahí.

If you wanted to let me go, now leave me alone

Pensaba que no sería capaz de escribir, pero encendí los altavoces y empezaron a corretear las palabras alrededor de mi cabeza, de tu imagen, de tu sonrisa, de tus mensajes, de tus “tengo ganas de verte”, de tus “sí, sí” sin más respuesta, de tu pantalla de whatsapp muda desde la última vez que yo decidí escribirte.

Me has demostrado tantas veces que no merece la pena dedicarte más tiempo, que aún no sé qué hago pensando en ti mientras escribo; como si no hubiera más gente en mi planeta. Quizá me atreva a cerrar tu libro y no guardarlo más por si vuelves; quizá me atreva a tirarlo por la ventanilla del coche y negar que te conozco, como he hecho otras veces, la próxima vez que llames a mi puerta; como cada vez que marcan mi número a las 2 de la mañana entre semana o como cada vez que intentan llamar mi atención a escondidas para que nadie más sepa que todavía piensan en mí.
Es tan patético que no sé si llorar o reírme. Porque de tantas lecciones que se sabía de la vida, de todas las cosas claras que tenía en su mente, me pregunto qué es lo que todavía hoy pasa por su cabeza o qué le lleva a mandarme mensajes a escondidas diciéndome que me quiere para después negarlos delante de su nueva novia, a la que por supuesto adora. Ni yo misma podría creerlo, pero estoy tan cansada de esas heridas que se suponen que no han de herirte, de esas llamadas que te hacen mirar a otro lado sin que tengas el derecho a sentir nada, que la única manera que se me ocurre de expresar este tabú, es aquí; que apagaré el ordenador y mi vida continuará como si no hubiera pensado en nadie más que en mi misma.
Pero ahora dime por qué, si te atreves, tengo que pensar que algo hice tan mal como para que sigáis dando coletazos a una situación que yo trato de olvidar. Hicimos un trato y yo lo acepté en el mismo momento en el que vi vuestra espalda alejarse. Ahora sólo os queda ser consecuentes a vosotros también.

Mis no-propósitos

Como esperar sin esperar y terminar acumulando decepciones en el rincón más olvidado de tus recuerdos. Como querer sin querer e imaginar que pasan cosas que, en realidad, no quieres que pasen. Y es que te olvidaste del porqué, de por qué no. Empiezas a amontonar promesas de hoy y memorias de ayer y parece que todavía existe una fuerza empeñada en hacerte creer que todo lo que no fue podría haber sido. Y que, además, podría haber sido bonito, por si fuera poco. Pero hoy, como muchos otros días y por no haber defendido nunca el derecho a decepción, por haber pensado siempre que, en realidad, no somos nadie para esperar lo que esperamos, me coso la culpa a modo de parche en el bolsillo trasero de mis pantalones. Ni siquiera quiero verla cuando me mire al espejo, pero la llevaré siempre conmigo. Asalto el teléfono a veces, todavía, mientras cruzo los dedos, deseando que sea esa luz la que parpadee, la tuya. Pero pasan los días y detrás de tus palabras sigue viviendo la Nada, la misma que quiso arrasar Fantasía y esa que se va colando por los rincones más pequeños hasta que consiga hacerse con todo. Sólo hasta que yo me haya ido, porque entonces volverás a decirme que tienes ganas de verme. No soy de propósitos de año nuevo, pero que nunca más se me ocurra creerte, que deje de sentirme pequeña cada vez que me doy cuenta de que no tienes ni idea de lo que dices, hoy como entonces, que deje de pensar en ti como lo que no eres y que mi chubasquero de grumete me mantenga a buen recaudo de tus palabras a pesar de haberme atrevido a bailar bajo la lluvia.

Tú eres ese Dark Paradise

 

Reconocí aquella situación. Había estado allí antes y sabía que esta vez serías tú el que pondría todo patas arriba pidiendo perdón por haberte olvidado de felicitarme el día de mi cumpleaños. Aquella cara de no haber roto un plato en tu vida mientras te asegurabas a ti mismo que estabas bien, que habías cambiado, que habías vivido, que habías crecido y que incluso estabas pensando en comprarte una casa, de las de hipoteca.
Tengo tantos sentimientos ahora mismo dándome vueltas que se me ha mareado la vida. Pasado, presente, futuro… Lo pienso y ni siquiera tiene sentido; ninguno de los tres, ni pasado ni presente ni futuro, pero ahí estás, sé que eres esa persona con la que disfrutar de la vida. Eres para mí ese “no pudo ser”, ese “no tiene sentido” en el que no he dejado de pensar desde que te he visto, aunque haya tratado de disimularte, de taparte con apuntes, con esquemas, con psicotécnicos en los que se salía tu mirada al lado de un par de flechas.
Viajes pendientes, excursiones, dibujos, mushing y todas las cosas de las que hoy me has hablado y que me habría encantado (todavía hoy “aunque no tenga sentido”) hacer contigo, las guardo en un cajón junto con esta confesión que nunca admitiré haber escrito. Guardaré en el cajón esa imagen que tengo de ti, ese lado salvaje que sé que podría arrastrarme hasta donde tú quisieras.
Me encantaría ser esa persona, pero aunque ese es nuestro lugar, nunca fue nuestro momento. Que vuelva a ganar la razón para no arriesgar demasiado.

Tres minutos de recuerdos.

 

De repente, después de tanto tiempo, te volviste a colar en mi habitación. Se me amontonaron tus recuerdos junto a la mesilla de noche  y, por un instante, me quedé a vivir en aquella canción. Desbloqueé el teléfono con la intención de escribirte, pero después de pensarlo dos veces, decidí dejarlo pasar y no revolver aquella calma entre la que nos habíamos acurrucado.
Canciones, lugares, instantes, como dice la canción; ese hueco que siempre tendrás en mi corazón, una herida cerrada a la que sigo echando mercromina de vez en cuando, por si acaso.

Gracias

 

No sé como he llegado a odiarte tanto, a ti, que te habría dado todo incluso cuando no lo querías;  a ti, que me llamabas bonita mientras acariciabas la espalda de alguien sin nombre, sin rostro. Cómo he llegado al punto de no querer ni ver tus fotos, de llamarte embustero, de seguir soltando lágrimas cada vez que caigo en el recuerdo de aquello que dejó de ser si es que algún día fue. Cómo he llegado y cómo llegué a creer en todo y a romperme en mil pedazos; algo que nunca llegué a reconstruir del todo. Por tu culpa o por la vida, que así dicen que es; en realidad, tú sólo eras un eslabón más de todo lo que tenía que aprender, de todo lo que aún tengo por delante como lección, que no es poco. “Asúmelo, esas cosas pasan; no se ha acabado el mundo.” Es verdad, todavía sonrío, vivo, disfruto, me olvido, pero también recuerdo y no puedo dejar de preguntarme cómo he llegado a detestar tu forma de expresarte, todo lo que ahora eres mientras desprecias lo que antes eras. Aquí, no lo sabes, pero ahora eres daño irreparable, esa cicatriz que miro y acaricio antes de tirarme al vacío por enésima vez. Porque no, porque no es igual, pero sigo tirándome al vacío a pesar de ese escarmiento, esa lección que me diste como respuesta a todo lo que tú aprendiste de mí y que ahora has convertido en tu modo de vida. Quién eras y quién fuiste, en quién te convertiste y qué, en realidad, eras; esas cosas de las que presumes y esos puñales de los que nunca, supongo, hablas con nadie  (yo tampoco lo haría) y de los que, quizá, quién sabe, todavía estés orgulloso. Podría dedicarte mi indiferencia y no mi odio, podría estar agradecida porque, en el fondo, aprendí de ti; podría seguir caminando como si no hubieras pisado mi camino y nunca te hubiera conocido. Podría hacer de ti un simple borrón y no darte una importancia que no mereces, pero lo cierto es que  tú fuiste el fundador de mis miedos, ese que empuñó una vez la navaja que me partió en dos y, quizá por ello, de vez en cuando, te recuerdo. Pienso en ti, en lo mucho que odio lo que me hiciste sentir aquella noche cuando se abrió la caja de Pandora y en los pedazos que siguen sueltos en alguna parte de mí, aunque no consiga encontrarlos. Odio no sonreír igual que como cuando ignoraba que a mí también me podía pasar; odio dudar, que me cueste confiar, odio las consecuencias de todo aquello, odio que aparentes lo que no eres y, aunque tenga que aprender a vivir con ello, aunque lo haya hecho, aunque la mayor parte de los días ni siquiera te recuerde, has de saber que sí, que te llevaste uno de mis bienes más preciados contigo y que me regalaste toneladas de inseguridad para que aprendiera a vivir con ella y que no, que no hay nada ya que pueda remediarlo.

Magia, mucha magia

 

Pensaba el otro día. Pensaba y le daba vueltas a alguna cosa que últimamente revolotea en mi cabeza. Es simple y, a la vez, asombroso, alucinante. Todas esas cosas que en la vida nos parecen lo más importante del mundo, un día se han evaporado y ni siquiera las echamos en falta. Ese día en que tus sueños se rompen en mil pedazos y tienes la sensación de saber que nunca nada volverá a ser igual, que no podrás seguir adelante sin eso o sin esa persona que decidió marcharse de tu lado. Lloras, te encierras, te sientes la persona más desafortunada del planeta y crees que nadie ha pasado por un dolor como el tuyo. Pero lo cierto es que no es así. Que a todos nos han partido el corazón alguna vez, todos hemos visto marchar a alguien que queríamos, a todos nos han hecho trizas el interior y todos hemos encontrado el camino para seguir adelante. Y no contentos con eso, hemos llegado a darnos cuenta de que hay cosas que son mejor ahora, que te estabas aferrando a una idea que no tenía sentido ni pies ni cabeza y que, por supuesto, la vida siempre (siempre, siempre) tiene un as guardado bajo la manga para ti, para darte lo mejor. Te enseñará a vivir en otras situaciones y te obligará a salir de tu zona de confort para llevarte ahí donde la magia ocurre y tú no tenías ni idea.

Esas lágrimas, ese dolor y esa sensación de desasosiego pasarán y ahí estará la vida para darte algo mejor de lo que jamás habías imaginado. Magia, mucha magia.
Porque sí, porque la vida es así. ¿Por qué no?

Sal, no te arrepentirás.

Ahora está de moda. Por un anuncio o algo de eso.
Sin embargo, hace ya más de un año que esta canción se convirtió en mi pasaporte hacia lo desconocido. Hace más de un año de aquel día en el que decidí hacer la maleta. Marchar. Dejar cosas atrás, momentos, personas que miraban hacia otro lado por aquel entonces.
Hace más de un año que bajaba a la playa pensando en lo que había dejado en mi ciudad – quizá nada- pensando en esos escritos que nunca recibieron respuesta, en los “lo siento”, en todas esas palabras que terminaron siendo sólo eso, palabras, palabras vacías.
Hace más de un año desde que, tapada con una toalla que ni siquiera era mía, dejaba que la arena se colara en el ribete de mis pantalones cortos; olía tan bien: mar, sol, nada, paz, niños corriendo, felicidad, calma, parejas, libros, cascos, un cielo rojizo en el horizonte del mar…¿os lo podéis imaginar? No había límites, no existía nada y nadie tenía la fuerza suficiente en mi cabeza para estropearme aquel limbo que había conseguido engancharme con apenas un mordisco.
Conocí a gente increíble, canté con mi compañero de piso canciones de Mclan mientras cocinábamos tortilla de patata y hacíamos barbacoa en la terraza. Tuvimos conversaciones al sol de esas que no se olvidan; los domingos, sobre todo: ¿puede una sola persona transformar el mundo, pequeña Carolina?
Tampoco me olvido de Bob Dylan.
Hace más de un año de esa paz que me cayó del cielo en el momento en el que más me hacía falta. Más de un año desde que volví con la misma banda sonora sonando en mi coche, orgullosa de haber superado ese miedo tan atroz a salir de mi zona de confort. Agradecida por aquel regalo. Sentí una satisfacción tan inmensa, que ni siquiera era capaz de expresarlo. A veces me pregunto si fue verdad.
No me he parado, he vencido otros miedos a base de lágrimas y consciencia pero de vez en cuando me pregunto si…
A veces buscamos la felicidad en otros y lo único que tenemos que hacer es aprender a disfrutar de nosotros mismos.